Pablo Cerezo, sociólogo: "Si lo analizas, lo más normal es tatuarse. La anomalía histórica y antropológica es no hacerlo"
En el gimnasio, en la playa, en la piscina de la comunidad de vecinos, en el parque o el centro comercial. Seguro que hasta en tu oficina. No importa dónde estés, si observas con atención y el tiempo suficiente es (muy) difícil que no te encuentres con alguien tatuado. Quizás lle
En el gimnasio, en la playa, en la piscina de la comunidad de vecinos, en el parque o el centro comercial. Seguro que hasta en tu oficina. No importa dónde estés, si observas con atención y el tiempo suficiente es (muy) difícil que no te encuentres con alguien tatuado. Quizás lleve una discreta rosa en el antebrazo, como Ayuso, o un diseño que le cubre el cuello a lo Sergio Ramos. No importa.
En general y según un estudio de Lutronic PBS, el 42% de los españoles lucen al menos un tatto, lo que nos convierte en el sexto país más marcado por la tinta.
Una cosa sin embargo es saber cuánto nos tatuamos y otra muy distinta entender por qué lo hacemos. ¿Qué queremos decir al cubrirnos la piel con una tinta indeleble? ¿Es puro narcisismo, una forma de definir nuestra identidad o establecer vínculos con otras personas (familia, amigos, seguidores de un mismo club de fútbol o una saga cinematográfica…)?
¿Lo hacemos por imitación en rebaño, por aquello de 'la gente va donde va Vicente', como sostiene algún columnista?
El mundo a través de los tatus
Todas esas cuestiones (y algunas más) las aborda Pablo Cerezo (Sevilla, 1998) en un ensayo de título sugerente: 'El cuerpo enunciado'. Su punto de partida es tan simple como ambicioso. Cerezo, graduado en Relaciones Internacionales y Sociología y librero en la emblemática librería Pérgamo de Madrid, cree que el tatuaje puede ayudarnos a "explicar nuestro tiempo".
Inspirándose en el filósofo berlinés Walter Benjamin, quiso partir de detalles aparentemente menores para analizar el mundo. Así se fijó en el tatuaje, "un fenómeno que antes era marginal y ahora es hegemónico".
"Quería ver de qué modo eso podía explicar cosas sobre nuestro mundo, nuestra relación con el tiempo, con la memoria, entre nosotros mismos y con los demás… También la relación con un supuesto narcisismo y con el trabajo. Me pareció que el tatuaje podía encapsular muchas de las tensiones y contradicciones de nuestro mundo".
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"Para mí el tatuaje es interesante en buena medida porque está atravesado de un montón de contradicciones. Es un aspecto muy íntimo de nuestra personalidad que mostramos constantemente a un otro, ¿no? Hay personas que usan los tatuajes a modo casi de diario para narrarse quiénes son, qué ha sido importante para ellas… una especie de mapa que las oriente. Al mismo tiempo, eso que es muy íntimo se lo enseñamos constantemente al resto", reflexiona.
"Ahí hay otra contradicción muy profunda. Y como esta, un montón".
Otra (clara) es por qué nos tatuamos.
¿Lo hacemos para vernos bien en el espejo?
¿O lo hacemos pensando en la mirada del resto?
¿Mezclamos ambos enfoques, como cuando escogemos vestido para salir a la calle?
"El tatuaje es un espacio para reflexionar sobre quién eres, qué te gusta, qué te diferencia y, sobre todo, a quién te vinculas y qué te une. Es una de las cosas que yo exploro al principio del libro. Se suele decir mucho que el tatuaje es un ejercicio de narcisismo, como si fuese un sujeto ensimismado que solo piensa en sí mismo, en su unicidad, en su especialidad. En el fondo, cuando te pones a hablar con la gente te das cuenta de que los tatuajes nos vinculan".
Foto: Sebastián Sánchez.
En opinión de Cerezo, llega con charlar con gente que se ha tatuado hace poco para comprobar que "al principio, casi todo el mundo" opta por diseños que apelan en mayor o menor medida al otro: una persona a la que quieres, alguien con quien tienes un vínculo especial, un grupo de amigos, una pareja, un familiar o una mascota, un equipo de fútbol…
"Creo que el tatuaje tiene un componente muy colectivo. Y cuando analizamos la historia vemos que ese componente ha estado ahí siempre. En el libro me pregunto si nos tatuamos para mirar, para ser vistos o para vernos; pero en el fondo es todo muy parecido, ¿no? Resulta muy difícil diferenciar dónde determinas tú y dónde empieza la mirada del otro".
Por supuesto, la 'foto' completa es más compleja y en ella se cuelan otros factores, como el rol que hemos dado a la imagen y el culto al físico, magnificado por el gran escaparate de las redes. "Si algo está proliferando en las ciudades son los gimnasios, las tiendas de uñas y seguramente los estudios de tatuaje. Creo que tiene que ver efectivamente con que hay un espacio de culto al cuerpo muy importante".
Hay una tercera cuestión crucial, más allá de cuánto y por qué nos tatuamos: ¿Cómo lo hacemos? Y no solo en lo que se refiere a técnicas o estilos. ¿Hay códigos establecidos? ¿Queremos expresar lo mismo con todos los tatuajes o hay diferencias? Tras décadas estigmatizados, ¿están totalmente aceptados todos los tipos de tatuaje o sigue habiendo sombras, diseños o partes del cuerpo que permanecen marcadas por el tabú y pueden fastidiarte una entrevista de trabajo?
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Cerezo explica que nuestra forma de ver los tatus en 2026 es fruto de un proceso que se remonta tiempo atrás, a cambios profundos a nivel sociocultural y de búsqueda de nuevas referencias que abrieron la puerta al arte corporal.
"En buena medida hay una apropiación por parte de las clases medias, que entienden que es un espacio muy interesante para desarrollarse del modo que lo empezaba a demandar la cultura neoliberal, donde el individuo tenía que tener un relato propio", explica. Un ejemplo interesante lo deja 'Carmy' Berzatto, el personaje de The Bear interpretado por Jeremy Allen White, un chef cubierto de tatuajes que (entre otras cosas) conectan con su obsesión por los fogones.
"Lo que ha cambiado es la frontera de lo que entendemos por tolerable. Por ejemplo, un tatuaje en la cara sigue cargado de muchísimos prejuicios. ¿Quién se tatúa la cara? Aquella persona que en buena medida no tiene por qué pasar por una entrevista de trabajo. Es una declaración de intenciones y principios. También sigue habiendo diferencias en torno a los tipos de tatuajes. Lo que se dice de que un tatuaje ya no importa en una entrevista de trabajo… Sí, sí importa".
"La cuestión es lo que ha cambiado", explica Cerezo antes de distinguir entre estilos y motivos. "La clase y el género lo permean absolutamente todo. Y en ese sentido sigue habiendo reconocimientos sobre qué tatuajes entendemos tolerables y cuáles no. Pero es verdad que ya no nos parece el sinónimo de delincuencia o peligro de hace unos años, en buena medida porque se han abierto también un montón las técnicas".
Matheus Ferrero (Unsplash).
¿Somos una generación extraña por haber abierto tanto la puerta a los tatuajes y asumir que un tertuliano de la tele, un político o un CEO pueden ir tatuados?
En realidad, no.
De hecho, Cerezo recuerda que, aunque cambien los significados, las técnicas y los diseños, lo de introducirse tinta bajo la piel tiene poco de novedoso.
La humanidad lleva milenios haciéndolo. Como mínimo desde los tiempos de Ötzi, un pastor neolítico fallecido hace unos 5.000 años y cuyo cadáver quedó preservado en un glaciar de los Alpes austriacos. Al examinar su momia, los investigadores identificaron decenas de tatuajes, 61 marcas geométricas formados por líneas de entre 0,7 y 4 cm. Por entonces no había pistolas inalámbricas ni tintas de colores. Usaban cortes y trozos de carbón.
Desde el descubrimiento de Ötzi, hace 35 años, se han localizado otras momias con tatuajes milenarios, incluso figurativos, no solo patrones geométricos.
"Si lo analizas, lo más normal es tatuarse. Todas las comunidades humanas de distintas partes del mundo, aun sin tener relación entre sí, se tatuaban de algún u otro modo. La anomalía histórica o antropológica es decidir no tatuarse, porque tatuarse es una expresión del cuerpo que se daba en comunidades en África, América, Oceanía, Europa… Y que de pronto se para por una cuestión política y un mandato determinado en una cultura determinada", señala Cerezo.
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"Los griegos de repente entienden que los bárbaros se tatúan y son los que empiezan a usar el tatuaje de un modo inverso, para disciplinar a los cuerpos, para marcar a los presos, a las prostitutas, a los esclavos, a los fugitivos… Se produce una primera involución que se consolida con los romanos, cuando el emperador Constantino dice que está prohibido tatuarse porque, si el cuerpo está hecho a imagen y semejanza de Dios, tatuarlo es profanarlo. Seguimos heredando en buena medida esta imagen del cuerpo como una especie de templo".
Cerezo reconoce que las restricciones de Constantino, que afectan a ciertas partes del cuerpo y datan del siglo IV, pueden parecernos muy lejanas. Pero en términos históricos nos remonta a hace 'solo' 1.700 años. Mucho antes, Ötzi y otros humanos ya se paseaban por la tierra tatuados.
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¿Con una generación entera pasada por tinta, optarán los más jóvenes que vengan por no pintarse la piel?
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"Se normalizarán las dos cosas. Ni tatuarse ni no tatuarse será tan llamativo. Yo creo que de un tiempo a esta parte la estética se ha desacoplado de la ideología, en sentido de rebeldía en términos ideológicos", pronostica.
Imágenes | Tony Rocket (Unsplash), Sebastián Sánchez y Matheus Ferrero (Unsplash)
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Pablo Cerezo, sociólogo: "Si lo analizas, lo más normal es tatuarse. La anomalía histórica y antropológica es no hacerlo"
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Xataka
por
Carlos Prego
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