En 1908, encontraron tantos diamantes que construyeron una ciudad alemana de lujo en el desierto. Cuando dejaron de aparecer, el desierto se cobró el alquiler
En 1908, un trabajador ferroviario encontró una piedra brillante mientras retiraba arena de unas vías en el desierto de Namibia. Era un diamante, y aquel descubrimiento desencadenó una fiebre de riqueza tan extraordinaria que los colonos alemanes acabaron construyendo una pequeña
En 1908, un trabajador ferroviario encontró una piedra brillante mientras retiraba arena de unas vías en el desierto de Namibia. Era un diamante, y aquel descubrimiento desencadenó una fiebre de riqueza tan extraordinaria que los colonos alemanes acabaron construyendo una pequeña ciudad de lujo en uno de los lugares más inhóspitos del planeta. había hospital, casino, teatro, fábrica de hielo y hasta espectáculos de ópera. Durante años, los diamantes aparecieron prácticamente bajo los pies de sus habitantes. Hasta que las piedras preciosas comenzaron a escasear, y el desierto terminó cobrándose el alquiler.
Todo empezó con una piedra. La historia de Kolmanskop comienza en abril de 1908, cuando Zacharias Lewala, un trabajador namibio del ferrocarril, encontró una piedra brillante mientras despejaba la arena acumulada sobre las vías cerca de Lüderitz, en el suroeste de África. Lewala entregó el hallazgo a su supervisor alemán, August Stauch, un aficionado a la mineralogía que sospechó inmediatamente que se trataba de un diamante.
El ingeniero Söhnke Nissen confirmó posteriormente su naturaleza y el descubrimiento desató una auténtica fiebre minera. Stauch y Nissen consiguieron derechos de explotación sobre extensas superficies del desierto, mientras Lewala, según National Geographic, nunca recibió una recompensa por haber encontrado la piedra que cambiaría el destino de la región.
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Diamantes por todas partes. La riqueza que escondía aquel territorio resultó extraordinaria. Durante los primeros años, los trabajadores podían recoger diamantes directamente de la superficie, arrastrándose sobre la arena y llenando pequeños tarros con las piedras que encontraban. En 1912, la explotación de Kolmanskop producía aproximadamente un millón de quilates anuales, cerca del 11,7% de la producción mundial de diamantes.
La fiebre atrajo a empresarios, buscadores de fortuna y trabajadores hasta una región donde apenas existían infraestructuras. Las autoridades coloniales alemanas respondieron estableciendo el Sperrgebiet, una enorme zona restringida que reservaba la explotación diamantífera a intereses autorizados y cuyo acceso continúa controlado actualmente.
Vista aérea de Kolmanskop
Una pequeña Alemania en mitad del desierto. La fortuna minera permitió levantar una ciudad con comodidades sorprendentes para un asentamiento rodeado de dunas. Kolmanskop llegó a contar con viviendas de estilo alemán, electricidad, escuela, hospital, teatro, salón de baile, bolera, casino, panadería, carnicería, oficina de correos y una fábrica de hielo que abastecía los refrigeradores domésticos. El agua potable tenía que transportarse desde grandes distancias, mientras compañías europeas de ópera viajaban hasta aquel rincón africano para actuar ante sus habitantes.
Su hospital llegó a disponer de un equipo de rayos X considerado uno de los primeros del África austral, que, según algunos relatos, también habría servido para detectar diamantes ocultos por los trabajadores. Era una exhibición de riqueza difícil de imaginar en un lugar donde prácticamente todo debía llegar desde fuera.
El letrero de la localidad de Kolmanskop
La fortuna tenía otra cara. Aquella prosperidad se construyó dentro del África del Sudoeste Alemana, una colonia marcada por la violencia y la explotación de la población africana. Apenas cuatro años antes del descubrimiento de Lewala, las autoridades coloniales habían iniciado una campaña genocida contra los pueblos herero y nama, responsable de decenas de miles de muertes. En Kolmanskop, los trabajadores africanos soportaban condiciones laborales duras y vivían en instalaciones segregadas, mientras la población europea disfrutaba de los servicios y privilegios de la ciudad.
Algunas estimaciones de la década de 1920 hablan de unos 350 residentes europeos y alrededor de 800 trabajadores africanos, una diferencia que explica por qué las cifras históricas de población varían tanto según las fuentes consultadas. La riqueza que transformó el desierto estaba distribuida de manera profundamente desigual.
Casas abandonadas de la ciudad
El día que los diamantes se fueron al sur. El declive comenzó cuando la explotación intensiva fue agotando los depósitos más accesibles de los alrededores. En 1928 se descubrieron yacimientos mucho más ricos aproximadamente 270 kilómetros al sur, cerca de la desembocadura del río Orange, y la actividad minera empezó a desplazarse hacia aquella nueva zona. Durante la década de 1930, Kolmanskop perdió progresivamente su importancia económica y parte de su maquinaria fue trasladada a otras explotaciones.
La Primera Guerra Mundial ya había alterado la actividad y terminado con el dominio colonial alemán en 1915, dejando posteriormente el territorio bajo administración sudafricana. Sin una industria capaz de sostener su costosa existencia, mantener una ciudad de lujo en pleno desierto dejó de tener sentido. Los últimos residentes se marcharon durante la década de 1950, y 1956 suele señalarse como el año de su abandono definitivo.
La antigua fábrica de hielo
El desierto se cobró el alquiler. Durante décadas, los habitantes habían mantenido las dunas alejadas de las viviendas mediante trabajos constantes de limpieza y mantenimiento. Cuando desapareció la población, el viento comenzó a introducir arena por puertas, ventanas y cualquier abertura de los edificios.
El resultado es uno de los paisajes urbanos más desconcertantes y fascinantes del mundo: habitaciones con montañas de arena que alcanzan buena parte de las paredes, pasillos convertidos en pequeñas dunas y antiguas viviendas donde los visitantes caminan sobre el suelo que el desierto ha ido acumulando. Los papeles pintados, los marcos de las puertas y los restos de mobiliario permiten reconocer espacios que hace apenas unas generaciones formaban parte de una comunidad extraordinariamente próspera. La misma arena que había proporcionado los diamantes terminó apoderándose de las casas construidas con aquella fortuna.
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Una ciudad que sigue desapareciendo. Kolmanskop se ha convertido en un destino turístico y fotográfico dentro de la antigua zona diamantífera restringida, actualmente vinculada a las explotaciones de Namdeb, empresa participada por el Gobierno de Namibia y De Beers. Desde 2002, la actividad turística organizada ha permitido conservar y abrir al público parte de sus edificios, aunque la erosión continúa deteriorando las estructuras.
La industria de los diamantes tampoco ha desaparecido de Namibia: buena parte de la extracción se ha desplazado hacia yacimientos costeros y submarinos, donde enormes embarcaciones recuperan minerales del fondo oceánico. Mientras tanto, en Kolmanskop permanece el testimonio de una prosperidad tan intensa como efímera. En 1908, el desierto entregó una fortuna que permitió construir una ciudad donde parecía imposible vivir.
Medio siglo después, cuando aquella riqueza dejó de justificar su existencia, comenzó a recuperarla habitación por habitación.
Imagen | Damien du Toit, SkyPixels, Wikimedia, Harald Süpfle, Olga Ernst
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En 1908, encontraron tantos diamantes que construyeron una ciudad alemana de lujo en el desierto. Cuando dejaron de aparecer, el desierto se cobró el alquiler
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por
Miguel Jorge
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